Santander capta el underground barcelonés (La Vanguardia)


Quien quiera consultar los archivos originales de la primera etapa de la revista contracultural Ajoblanco , entre 1974 y 1977 (los 24 primeros números), deberá viajar a Santander. Lo mismo tendrán que hacer los interesados en carteles, originales, revistas, libros, fotografías, cómics o autógrafos de autores que desarrollaron una parte fundamental de su carrera en Barcelona, como Nazario, Miguel Farriol, Montesol, Pepichek y Roger e Isa, o de revistas como Star y El Rrollo Enmascarado .


Fondos de todos estos brillantes agitadores de la escena cultural barcelonesa se han integrado en el Archivo Lafuente, de carácter privado, después de que ninguna institución ni ningún coleccionista de Catalunya se haya interesado de verdad en ellos.

Las negociaciones mantenidas desde hace cinco años entre el fundador y alma mater de Ajoblanco, Pepe Ribas, y el coleccionista y propietario de la empresa, José María Lafuente, han culminado en una operación que pone en valor la importancia de una revista que algunos, en los estamentos más rígidos de la cultura, veían como poco más que un delirio panfletario.


El tiempo y el contexto han corregido aquella percepción. Ahora, el legado de aquella aventura periodística de inspiración libertaria llamada Ajoblanco ha ido a parar a un archivo donde se integra en el mismo discurso que documentos del movimiento dadaísta (Lafuente se ha hecho también con una colección de la revista Cabaret Voltaire) y donde comparte archivadores con grandes fondos documentales sobre el futurismo italiano, la Bauhaus o la vanguardia rusa. Para Ribas, el acuerdo sirve para reconocer no sólo el valor contracultural de la publicación en defensa de la cultura republicana y libertaria, sino también su apuesta por la modernidad.


El acuerdo con el Archivo Lafuente se produjo después de que no fructificaran las conversaciones mantenidas hace unos cinco años con el Macba.

El problema para una Barcelona que de un tiempo a esta parte se ve incapaz de retener sus archivos es que el legado de Ajoblanco no es el único que ha viajado a Santander. Con él se han ido también otros documentos muy significativos de la Barcelona rebelde de los 70.

Primero fue Ceesepe, un madrileño muy vinculado a la época más rompedora del cómic barcelonés. Lafuente contactó con él a mediados de esta década –le interesaba mucho incorporarlo a su archivo– y fue este autor quien le llevó hasta Nazario, y éste, hasta el resto de colegas de su generación. Gracias a este acercamiento, Lafuente ha incorporado también a sus fondos carteles los fondos originales de una época en que Barcelona vivió una explosión de creatividad sin predecedentes, de la que aún perduran rastros en su ADN de ciudad contracultural.


Fuentes conocedoras del proceso de negociación señalan que no se celebró nada parecido a una subasta. Simplemente, nadie se había interesado previamente por esos fondos documentales. Con esta operación se garantiza que los archivos no se dispersen. Y algo más importante: se evita que ninguno de ellos acabe desparramado en una parada del Mercat dels Encants. No sería la primera vez que algo así sucede.

El Archivo Lafuente, que está abierto a cualquier persona que quiera consultar sus fondos, mantiene conversaciones para integrarse en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Una fórmula que se baraja sería ubicarlo en un edificio rehabilitado en el frente marítimo de Santander.


Difícilmente podrá encontrar el underground barcelonés un nuevo propietario que lo ponga más en valor que el Archivo Lafuente, que lo ha equiparado con las principales vanguardias de Europa y Latinoamérica.


Pero hasta aquí la parte positiva. Porque la operación pone de manifiesto una vez más la incapacidad barcelonesa de retener los archivos que genera su actividad cultural. Los literarios, los fotográficos y, ahora, los del cómic y la contracultura, emprenden el camino de no regreso y a menudo lo hacen sin que ninguna institución o particular se interese por ellos. Mientras tanto, el proyecto de apertura de un Museu del Còmic i la Il·lustració, que iba a impulsar la Generalitat, acumula lustros en vía muerta.


A menudo, los debates sobre los grandes proyectos culturales sirven para ocultar las carencias de la gestión del día a día. Y la fuga de archivos es una de ellas, achacable a los gobiernos y a las instituciones culturales de diversa índole. Dado que ni Barcelona ni Catalunya destacan precisamente por una política activa de captación de legados en el exterior–ni a nivel público ni tampoco en la esfera privada–, sí tendrían al menos que esforzarse para preservar los que se generan en su ámbito más próximo.


Un acuerdo global sobre la gestión de archivos, en el que se establezcan las responsabilidades de cada administración o de cada museo y se fijen unos criterios sobre cuándo se paga y cuándo no por un fondo documental –el Macba, por ejemplo, no dispone de presupuesto para ello– sería un buen punto de partida. Pero no hay tiempo que perder.


Por ejemplo, y sin abandonar el ámbito de la contracultura, permanece aún en Catalunya el archivo de la segunda época de Ajoblanco (desde 1987 a 1999), con todos los originales, las fotos o la correspondencia generada durante aquellos años claves para entender la Barcelona de hoy.


La actual ubicación del Archivo Lafuente es ciertamente curiosa. De hecho, comparte edificio con la compañía láctea de la que es propietario el coleccionista José María Lafuente, Queserías Lafuente. Está en la localidad cántabra de Heras, entre el parque natural de Cabárceno y la Bahía de Santander, a 15 minutos del centro de Santander.

Unas plantas más arriba de donde operarios vestidos como astronautas se las tienen con el queso y la mozzarella (la normativa europea establece requisitos muy estrictos para la elaboración de este tipo de alimentos), una decena de personas con bata blanca manipulan una materia prima no menos delicada: importantes fondos documentales de las vanguardias europeas.


El embrión del Archivo Lafuente es la colección de arte que José María Lafuente inició en los años 80, con piezas, entre otros, de Pepe Espaliú, Cristina Iglesias, Adolfo Schlosser o Juan Muñoz. Pero a partir del 2002 este coleccionista decidió reorientar su actividad, a la vista de la ausencia en España de archivos públicos o privados que documentaran el arte del siglo XX. El archivo consta ahora de 120.000 documentos y 2.000 obras de arte.


La promoción del contenido del archivo se hace en dos frentes: a través de Ediciones La Bahía y a través de exposiciones. Parte del material podrá verse a partir del próximo viernes en la Casa Encendida de Madrid en la exposición Ceesepe. Vicios modernos. Cómics 1973-1983, comisariada por Elsa Fernández Santos.



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