Luz al final del algoritmo

Hay quien define los algoritmos como silenciosos sirvientes que se desviven por hacernos la vida más placentera. Porque, gracias a estos procedimientos invisibles, cuando navegamos por la red encontramos al alcance de la mano no sólo lo que nos hace falta, sino lo que nos va a hacer falta en el futuro y aún no lo sabíamos. Como si se adelantaran a nuestro pensamiento. Y todo sin que tengamos que hacer el mínimo esfuerzo: les basta con recopilar y procesar la información que vamos desparramando por el ciberespacio.


El problema es que esos senderos por los que nos hacen transitar, por muy límpidos y cool que parezcan (cómo nos fascinan las nuevas tecnologías) son en realidad impenetrables pasillos amurallados que nos impiden ver lo que ocurre al otro lado.


En redes como Facebook o Twitter, los algoritmos acaban configurando un universo ideológico a nuestra medida. Es decir, acorde con nuestras ideas políticas. La telaraña perversa de las amistades sugeridas y de las noticias preferentes nos introducen en una burbuja de opiniones afines. Y esto es así para regocijo de los administradores de las redes sociales, que pueden brindar a sus clientes una experiencia más feliz. ¿A quién no le reconforta saberse parte de un colectivo unido en su manera de ver el mundo?



Jóvenes frente a la fachada del Macba / XAVIER CERVERA

El investigador Ed Finn afirma en su libro What algorithms want (The MIT Press) que el portal algorítmico por el que accedemos al universo del conocimiento puede “convertirse en un agente activo, modelando el encuadre y el contexto de nuestra mirada”. Añadamos la cada vez más descarada apuesta partidista de muchos medios tradicionales y tendremos servido el debate imposible.


El ejemplo de Barcelona es evidente. Desde el turbulento final del 2017, viajan por las redes los indicadores que auscultan el pulso vital de la ciudad, pero a menudo lo hacen por autopistas separadas, en función de lo que el usuario opina sobre el procés. En la burbuja social del independentismo sólo circulan los ranking sobre el auge tecnológico de la ciudad y el reconocimiento de su calidad de vida. En la cápsula constitucionalista, las estadísticas sobre la caída de inversiones y la pérdida de reputación. Pocos indicadores comparecen a la vez en los dos ámbitos.


Desde hace unos días, el sitio Barcelona in the rankings, creado por Barcelona Global e Ideograma, ofrece una panorámica exhaustiva, actualizada y no vinculada a intereses partidistas sobre el estado de la ciudad. Aquí comprobamos cómo la misma metrópolis que sobresale en emprendimiento, creatividad o tolerancia (con un índice medio de 8) anda justa en los indicadores que auscultan la competitividad futura o la generación y atracción de talento (6).


Un repaso de esta página dibuja una ciudad vigorosa (ha recuperado el pulso tras un 2017 difícil) pero que no puede confiarlo todo a la inercia si quiere seguir siendo relevante. La perspectiva de estancamiento demográfico y del PIB obliga a plantearse qué papel quiere jugar Barcelona.


¿En qué escenario podrá actuar una ciudad que no crece? Tras haber perdido a miles de empresas, ¿cómo se plantea dotar de una mayor dimensión empresarial a su embrionario tejido tecnológico un área metropolitana que sólo existe para prestar servicios básicos? ¿Y la erradicación de la burocracia o la reforma de la universidad? ¿Hasta cuándo pueden permitirse Barcelona y Catalunya esta parálisis política?


A día de hoy, herramientas como Barcelona in the Rankings sitúan la ciudad en la categoría de necesita mejorar. A partir de ahí, cada cual desde su responsabilidad puede actuar en consecuencia o, por el contrario, dejarse mecer por el algoritmo amable y refugiarse en el edén de la autocomplacencia. Como en un balneario suspendido en lo alto de una montaña.

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