• Miquel Molina

Yo soy mi cirujana (La Vanguardia)

Barcelona se prepara para un reinicio del curso literario de altos vuelos. La celebración del cincuentenario de Anagrama –que sigue al medio siglo de Tusquets o a los 75 años del Premio Nadal– reunirá a finales de mes en la ciudad a un reparto internacional de plumas privilegiadas. Pero antes, este martes 3, habrá un anticipo con fuerte carga emocional: el periodista Philippe Lançon presentará su obra El Colgajo junto a Guadalupe Nettel en La Central del Raval.


En El Colgajo (Anagrama/Angle), Lançon narra los hechos y sensaciones que vivió desde que el 7 de enero de 2015 resultara herido en el ataque islamista a Charlie Hebdo (perdió el tercio inferior de la cara) hasta su salida del hospital, nueve meses después, tras haberse sometido a una veintena de operaciones.


No es el primer libro que rescata el testimonio de las víctimas de atentados. Sin ir más lejos, en marzo se presentó Heridos y olvidados. Los supervivientes del terrorismo en España (La Esfera de los libros), en el que los profesores María Jiménez y Javier Madorrán recuperan la memoria de los 5.000 heridos (“las víctimas invisibles”) que han dejado desde 1963 los diferentes grupos terroristas en España. Pero lo que hace especial el ensayo de Lançon es que, a la relevancia de su testimonio, suma una calidad literaria que va a convertir su trabajo en una referencia a la hora de abordar este tipo de situaciones.


De los varios niveles de lectura y aprendizaje que sugiere destacamos sólo algunos. De entrada, la obra es una disección de un gran hospital público parisino, el de la Salpêtrière, extrapolable a otros hospitales de otras ciudades y países. En el relato, el empleo de tecnología punta se alterna con métodos rudimentarios como el recurso a bolsas de basura para proteger las heridas, resultado de la falta de medios. Describe Lançon un hospital atendido por profesionales a quienes el empleador exprime hasta la extenuación. Es bien sabido que en la sanidad, en la educación o en la cultura la vocación tiene castigo: suele recompensarse con largas jornadas de trabajo pésimamente retribuidas.


Lançon dirá que se ha limitado a transcribir sus sensaciones intransferibles. Pero el valor literario de lo que ha escrito es tal que trasciende su propio caso y se convierte, también, en un manual para situaciones difíciles. Por ejemplo, para quienes no saben cómo actuar frente un familiar o un amigo que sufre una enfermedad o una herida atroz. Huir del dramatismo y de la exhibición de sentimientos para interesarse por los pormenores de la recuperación, paso a paso, parece ser una receta acertada.


También se puede considerar El Colgajo una apología de los efectos curativos de la literatura y de la música. Así, Baudelaire, Proust, Kafka, Mann o Bach pueden ser pura morfina para quienes se dejen mecer por su clarividencia.


Pero el libro de Lançon es, sobre todo, una reivindicación de la voz de las víctimas de los atentados, a menudo silenciada por el ruido político interesado que éstos generan, como ha sucedido tras los ataques de Barcelona y Cambrils. Leerle es saber que en la habitación donde alguien se recupera de un balazo no siempre hay lugar para la crítica, la ira o la venganza. Recuerda con disgusto que su hermano, hombre discreto y cabal, comete el error de decirle que la policía “se ha cargado a los cabrones”, en referencia a los autores del atentado. Aquel día y en aquella habitación, afirma el autor, sobraba todo lo que no fuera útil para afrontar una rehabilitación larga y dolorosa.


Ni siquiera los mensajes solidarios apartan a la víctima de este objetivo tan concreto. Mientras le llega el eco de las manifestaciones en las calles (el célebre Je suis Charlie!), Lançon advierte: “Escribía en Charlie, había resultado herido y visto a mis compañeros muertos en Charlie, pero yo no era Charlie. El 11 de enero (de 2015), yo era Chloé”. Chloé es el nombre de su cirujana.


Contraofensiva cultural

Barcelona ha sufrido otro verano negativo en términos de imagen. A la endémica conflictividad de su aeropuerto se ha sumado un aumento de la percepción de inseguridad, disparada por dos ataques muy relevantes a personal diplomático extranjero. La cultura, convenientemente promocionada, se antoja como el mejor antídoto contra este descrédito. Las reentrés literaria, teatral, artística o musical contienen los suficientes alicientes como apostar por ellos en esta necesaria contraofensiva cultural.


La liquidación del Brexit

La perspectiva de un Reino Unido ultranacionalista y por fin “liberado” de la UE está provocando un éxodo de empresas. Rafael Ramos daba cuenta esta semana en La Vanguardia de la competencia entre Alemania, Francia, Holanda e Irlanda para hacerse con las sedes de las compañías que huyen de Londres. Mientras tanto, Barcelona, que ya perdió la Agencia del Medicamento, sigue desde la distancia esta subasta, tal vez también a la espera de cómo se resuelve su propio otoño político, que se anticipa conflictivo.


Manifestación tras el atentado en ¨Barcelona / Mané Espinosa/LV

Las dimensiones del Fringe

Esta semana ha acabado en Edimburgo el festival teatral Fringe, el célebre off de la ciudad escocesa. Sólo unos datos extraídos de su balance provisional para ilustrar la dimensión del evento y, de paso, el recorrido que tiene una expresión analógica como el teatro en la sociedad de hoy: según la BBC, en menos de un mes se vendieron 3.012.490 billetes (en un año se expenden poco más de dos millones en toda Catalunya), adquiridos por cerca de 250.000 personas. Los edimburgueses compraron 856.000. Los montajes fueron 3.800.

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