• Miquel Molina

Sin política, Barcelona pierde

Los parlamentarios más veteranos las llamaban las enmiendas del campanario, una expresión que caricaturizaba a aquellos alcaldes que reclamaban un dinero extra con la excusa de arreglar un campanario “que se me está cayendo”. Con el tiempo fueron evolucionando hasta convertirse en enmiendas finalistas, pero, en el fondo, respondían a la misma manera de entender la política: intercambiar, transaccionar, ceder, negociar.


En ese período de enmiendas que se abre tras el sí a la tramitación de unos presupuestos es cuando se plasman la mayoría de los acuerdos que son, en definitiva, la sustancia misma de la política. Así debía ser también en esta legislatura recién liquidada.


Este era, por ejemplo, el escenario que iba a permitir mejorar la aportación del Estado a las instituciones culturales de Barcelona y del conjunto de Catalunya. Lo había sugerido en su día el ministro de Cultura, José Guirao. Los museos y teatros permanecían a la expectativa. El Gobierno se decía dispuesto a acometer durante la tramitación de las enmiendas diversas actuaciones encaminadas a ayudar al Macba, la Fundació Tàpies, el MNAC, el Mercat de les Flors... Todo dependía de que finalmente ERC y el PDECat renunciaran a presentar enmiendas a la totalidad del presupuesto.


El desenlace de este proceso es conocido. El excepcional contexto político, con el inicio del juicio al procés, se ha impuesto sobre la política del día a día. La retirada del proyecto presupuestario ha dejado en el limbo, además de las culturales, otras inversiones muy esperadas. Por ejemplo, las ayudas a la dependencia, al transporte público o, más específicamente, a la mejora de una red de cercanías que es vital para articular el área metropolitana de Barcelona.


Si hablamos de cultura, el estrangulamiento presupuestario supone un castigo añadido para un sector que sufrió como pocos los estragos de la crisis, agravados por la voracidad fiscal de Cristóbal Montoro. Las cantidades que las principales administraciones dejaron de invertir en las instituciones participadas desde el arranque de la recesión sitúan el problema en su justa medida: unos 70 millones invertidos de menos por la Generalitat; 45 por el ministerio; 11 por parte del Ayuntamiento.


Y ahora, después de cinco ejercicios completos de crecimiento, no hay manera de aprobar un presupuesto que sirva para que estas instituciones se pongan al día. Si nos centramos en Barcelona, el fracaso se manifiesta en tres escenarios: el ya citado del Congreso y los del Ayuntamiento y la Generalitat, también prorrogados.


La imposibilidad de articular mayorías para aprobar unos presupuestos dice mucho de la degradación de una política española y catalana que tiende hacia el frentismo recalcitrante. Y este es un contexto preocupante para una Barcelona que históricamente ha basado sus avances en el consenso.


La propia naturaleza de sus instituciones culturales sugiere que no puede haber progreso sin diálogo. A diferencia de Madrid, donde los equipamientos suelen estar gobernados por una sola administración (el Gobierno en el Teatro Real; el Ayuntamiento en el Matadero; la Comunidad en los Teatros del Canal), en Barcelona son mayoría los que acogen a varias en sus patronatos (Liceu, Macba, MNAC, Teatre Lliure...).


Aunque el modelo barcelonés no carece de ventajas (los cambios de gobierno no tienen una repercusión tan brusca en las instituciones culturales como en Madrid), sí adolece, en épocas de crisis política, de menor agilidad a la hora de maniobrar.


En este contexto de incapacidad para el diálogo político, cabe preguntarse si no habrá que acabar apelando al mal estado del campanario para conseguir más recursos. Los responsables de la romana Pompeya no lograron un aumento sustancial del presupuesto hasta que, a principios de esta década, las casas y las murallas empezaron a caerse a trozos, para escarnio de todo el sistema político italiano.


El emperador Claudio en Lyon

El partido de Champions que el martes juega el Barça contra el Olympic de Lyon es una buena excusa para deambular por una ciudad que lleva años haciendo una apuesta ambiciosa por la cultura. Su Museo de Bellas Artes, de visita obligada, ofrece estos días una magnífica exposición sobre el emperador Tiberius Claudius Drusus, Claudio, nacido en la ciudad. La exposición lo sitúa entre el personaje entrañable que recrearon Robert Graves y la BBC y el sádico y depravado descrito por Suetonio.


Un Mobile descentralizado

Por primera vez, la Mobile Week, ese congreso pre-Mobile que cumple ya su tercera edición, se celebra también fuera de Barcelona. Girona, Lleida, Reus, Igualada y diversos municipios de la Ribera d’Ebre acogerán algunas de las conferencias y mesas redondas programadas desde la Mobile Capital para familiarizar a la población con los últimos avances tecnológicos y sus implicaciones sociales. Es un buen ejemplo de cómo puede replantearse la siempre compleja relación de Barcelona con el resto del territorio catalán.



Insuficiencias metropolitanas

Los efectos negativos de la ausencia de una auténtica área metropolitana, más allá de la gestión común de los transportes y los residuos, centran un diálogo entre el portavoz del PSC en Barcelona, Jaume Collboni, y la alcaldesa de l’Hospitalet, Núria Marín, recogido en el libro del primero Imaginem Barcelona (Pòrtic). Collboni afirma que el valor multiplicador de la marca Barcelona es esencial para el resto de los municipios, y Marín sostiene que la capitalidad de Barcelona a escala española sólo es posible desde la perspectiva metropolitana.

0 vistas
  • Facebook Social Icon
  • Twitter Social Icon
  • Google+ Social Icon
  • YouTube Social  Icon
  • Pinterest Social Icon
  • Instagram Social Icon
This site was designed with the
.com
website builder. Create your website today.
Start Now