• Miquel Molina

Por qué Barcelona se quedó a medias en su apertura al mar

Son pocas las ciudades que han logrado salvaguardar la esencia de sus puertos de la presión urbanística, turística o comercial. Entre las grandes urbes, ninguna. Locales de ocio, macrotiendas, acuarios y grandes instalaciones industriales configuran el paisaje portuario global. Es imposible evocar hoy en el puerto de Ciudad del Cabo la huella de Darwin, que desembarcó en él con su Beagle, o de leyendas como Vasco de Gama o el capitán Cook, que lo circunnavegaron. En su lugar, la ciudad sudafricana exhibe un flamante V & A Waterfront, una versión ampliada del Maremàgnum barcelonés.


El puerto de Oslo, fundamental en la conquista de los polos, ha sucumbido también a la fiebre constructora, aunque en un muelle conserve íntegras auténticas joyas de la navegación, como los navíos Fram (con el que Amundsen viajó a la Antártida para conquistar el polo Sur) o el Gjoa, el primero en atravesar el Pasaje del Noroeste en el Atlántico Norte.


El complejo de museos marítimos del puerto noruego cumple la misma función que el Museu Marítim de Barcelona, instalado en las Drassanes levantadas en el siglo XIII para construir las galeras reales: rendir homenaje a las gentes del mar.


Hace muy poco que el museo barcelonés ha empezado a levantar cabeza, después de años de parálisis. Su crisis, en vías de superación, es una muestra más de esa tendencia barcelonesa a dejar malvivir instituciones que son clave para el relato cultural de la ciudad. El hecho de que todavía no sea un museo de primera línea, teniendo el emplazamiento privilegiado que tiene, es revelador de otra carencia barcelonesa: que el Marítim haya estado tantos años bajo mínimos denota cierto abandono de la cultura del mar, indigno de una ciudad con un puerto bimilenario.


Cierto es que del puerto de Barcelona no partió ningún explorador de leyenda. El gran descubridor catalán, Gaspar de Portolà, zarpó desde San Diego cuando se convirtió en el primer europeo que divisaba la bahía de San Francisco; y los modernos descubridores, los alpinistas, parten del aeropuerto de El Prat en sus viajes de exploración del Himalaya o el Karakórum. En cambio, este puerto sí tuvo un papel muy activo en el comercio con ultramar (no siempre confesable; ahí están los negreros) y fue también punto de partida de emigrantes en diversas etapas de la historia. Así que interés histórico no le falta.


Una ciudad así debería cultivar mejor su pasado marinero. La desaparición (con suerte, sólo temporal) de la Barcelona World Race, lo más parecido a una gran regata mundial que ha tenido nunca la capital catalana, es un síntoma de ese desapego.


Este seguir viviendo de espaldas al mar, dejando inacabada la gran transformación urbanística de 1992, se aprecia también en cuestiones como el enquistamiento del problema del Port Olímpic. Desde muy pronto quedó claro que el modelo de ocio que iba tomando cuerpo en este puerto deportivo tenía muy poco que ver con el de una ciudad que había hecho un gran esfuerzo para mejorar su imagen y su autoestima.


Si hay un lugar de Barcelona en el que se den cita lo peor del turismo de masas, el machismo, la homofobia o la discriminación por procedencia, ese es el entorno de los locales de ocio del Port Olímpic. En principio, el Ayuntamiento, como anunció Ada Colau en el anterior mandato, tiene previsto no renovar las licencias de estas discotecas (los restaurantes seguirán abiertos sin problemas), que caducan en el 2020, para sustituirlas por equipamientos de deportes náuticos y por un centro de divulgación del mar.



De elaborarse bien el proyecto, se logrará la conquista por parte de los barceloneses (fijos y temporales) de un Port Olímpic que no ha sido nunca suyo. Otros expedientes mal resueltos del litoral barcelonés, como una Marina del Port Vell que se ha atrincherado tras un blindaje excesivo, o la falta de uso del mamotreto del antiguo Imax, tienen más difícil solución. Al menos, en el corto plazo.

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