• Miquel Molina

La oportunidad barcelonesa (La Vanguardia)


Es un lugar común concluir que la cultura es la gran ausente de lascampañas electorales, la carpeta que no llega a abrirse porque siempre hay otras que apremian más. Sin embargo, no sería exacto hablar en estos términos de los debates preelectorales del 26-M en Barcelona.

Gracias a iniciativas como las del Ateneu Barcelonès o Barcelona Global, la cultura ha tenido mucha más cuota de pantalla de lo que es habitual. Candidatos que apenas habían reflexionado sobre el asunto han tenido que aprenderse cuatro conceptos básicos sobre la montaña de los museos, sobre el Hermitage o sobre la penuria delpanorama artístico. Y decir la suya.


Porque un hecho diferencial de las elecciones del 26-M respecto a otras convocatorias electorales es que en todos los grupos municipales con opciones de gobierno –o de jugar un papel importante en la oposición– hay concejales con un marcado perfil de mujeres y hombres de cultura. Gemma Sendra (ERC), Joan Subirats y Jordi Martí (BComú), Jaume Collboni y Xavier Marcé (PSC) y Ferran Mascarell (JxCat) han desempeñado en el pasado cargos públicos o privados en el ámbito de la cultura barcelonesa..


La mayoría de ellos lo han hecho en la órbita del mismo partido, el PSC, antes de que empezara la diáspora que ha convertido estas municipales en una disputa por el legado del maragallismo. Sin olvidar a Manuel Valls, líder del sexto grupo en liza, que es un político vinculado a la cultura por motivos familiares y de aficiones.


Más allá de las diferencias personales que pueda haber entre ellos –los cambios de partido suelen dejar heridas abiertas– es una oportunidad para Barcelona contar en el pleno municipal con personas que comparten vocación cultural y una misma tradición política de servicio público.


Una cierta sintonía que ya pudo intuirse durante el debate del Ateneu quedó plasmada en la encuesta realizada en los días previos a las elecciones por Barcelona Global, donde se apreciaban consensos en cuestiones como la necesidad de aportar dinero para atraer exposiciones de alto nivel, la oportunidad de promover a Barcelona como ciudad de festivales, el compromiso para crear una concejalía de cultura o la consideración de Montjuïc como una gran parque cultural.


Está por ver si gobierna Ernest Maragall con JxCat o si por el contrario Ada Colau es capaz de articular una mayoría progresista. Sea cual sea la resolución, lo probable es que se cree un ambiente muy enrarecido y poco propicio para los consensos. Pero son ya demasiadas las veces que el posibilismo político ha dejado de lado retos culturales que son esenciales para el posicionamiento de Barcelona como ciudad global.


A los proyectos de acuerdo ya citados habría que añadir algunos perentorios, como la recuperación del teatro internacional en una ciudad artísticamente cada vez más ensimismada o como un pacto entre gobiernos e instituciones para cerrar la vía de agua que supone la constante fuga de archivos, una pérdida irreparable para la ciudad.

Urge un pacto de relanzamiento de la creatividad barcelonesa. Pero, sobre todo, habría que comprometerse a evitar que la vida cultural de la ciudad empiece a discurrir por dos circuitos tan paralelos como impermeables: el de la cultura en catalán y el de la cultura en castellano.


Gobierne quién gobierne a partir de junio, una prioridad debería ser propiciar un clima entre administraciones y sociedad civil que ahuyente esa posibilidad de las dos comunidades desconectadas, que ya se ha manifestado en los últimos tiempos en la relación de presencias/ausencias en actos literarios o artísticos.


Dejar que un estancamiento del conflicto Catalunya-España acabe dibujando ese muro invisible entre la cultura en catalán y la cultura en castellano sería asumir un empobrecimiento brutal de la vida intelectual barcelonesa, a cambio de ganancias políticas ajenas a los intereses de una ciudad global.


El actual contexto de turbulencias políticas premiará a la ciudad que tenga la audacia de definir y reforzar su modelo cultural. Por contra, ninguna está libre de la amenaza de perder el terreno conquistado. Así, sacudidas políticas como las que se auguran en Ayuntamiento de Madrid (ampliables a la Comunidad) pueden acabar con muchos años de buen trabajo en el ámbito de la cultura en la capital.


Con todas sus carencias en la materia, hay que reconocer al Partido Popular de Mariano Rajoy el mérito de haber permitido el desarrollo de una cultura abierta en los espacios gestionados por el Ayuntamiento o por el Gobierno autonómico. Personajes como Alicia Moreno o Jaime Miguel de los Santos han apostado en ocasiones por creadores manifiestamente de izquierdas –no pocos de ellos catalanes– en las áreas que han gestionado.


El resultado, sumada la labor posterior de Ahora Madrid en el Ayuntamiento, es que centros culturales como el Matadero o los Teatros del Canal han contribuido poderosamente al renacimiento cultural de Madrid.


Pero no hay ningún indicio de que el PP de Pablo Casado vaya a preservar ese talante abierto de la nueva cultura madrileña, sobre todo si está condicionado por los votos de VOX. Las declaraciones del que se perfila como futuro alcalde de la capital, José Luis Martínez-Almeida, advirtiendo de que entre sus primeras medidas estará revertir Madrid Central, apuntan hacia una operación sistemática de derribo del modelo de ciudad amable y moderna que se ha ido configurando en los últimos años.


Por todo ello, nada sería más indicado en estos tiempos volátiles que consensuar unos referentes culturales de mínimos para excluirlos de las sacudidas políticas. Una cierta excepción cultural barcelonesa, por qué no.

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